Cuéntanos la última cosa con la que te hayas emocionado.

Si algún día me pierdo, no me busques por el cemento.
Ojea los montes, las colinas, los cerros y las montañas. Allí dónde pasta la niebla. Dónde los silencios son de crochet del canto de la fuente, del riachuelo que baja. Donde me hago pequeñico.
Atisba entre la espuma de las olas, de la calma chicha, del ulular de la bruma que se hace salina. Las gaviotas repican sus graznidos, llamando a tierra firme. A pasear descalzo la arena, mientras el txirimiri esconde mis ojos. Que se me encogen.
Olfatea el bosque, o el zarzal, o el arroyo. Tal vez mis huellas se borren de un salar, de un desierto, de algún acantilado mecido por el planeo del águila.
Paseando la mirada por las nubes burlonas. Por el cielo vacío. Por la luna que ya se quiere esconder.
Y la sonrisa…
En un enorme huerto, lleno de rojos, naranjas, verdes, tomates, guisantes, calabazas, ajos, guindillas de mil picores.
Buscame escondido en una multitud. Solitario en el pensamiento. Bravo en el miedo. Sin rencor, pero sin olvido. Lleno de abrazos que regalar. De miriadas de miradas amostazadas. Amordazadas.
Siguiendo las trazadas, las huellas, los senderos… Los escondrijos mentales, naturales o esquivos.


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